¿Cómo es posible que la riqueza natural de un país perpetúe la pobreza de la mayoría de sus habitantes?, se preguntaba Moisés Naím en un artículo hace justamente once años. A renglón seguido se respondía diciendo que eso se debe a “la maldición de tener recursos naturales en abundancia”.

El petróleo ha sido por excelencia el recurso prodigado por la naturaleza a Venezuela que, a lo largo de casi cien años, fue como una bendición para conservar un cierto bienestar en la población. Pero una centuria pareció ser un ciclo muy prolongado en el tiempo y como suele ocurrir en todo movimiento cíclico, después de lo bueno vino lo malo.

La bendición ha sido sustituida por la maldición y ahora el país está satanizado y hundido en lo más profundo del excremento del diablo. 

El cambio no devino por sorpresa. Cuatro décadas atrás, Juan Pablo Pérez Alfonzo, el gran ministro de Petróleo y cofundador de la OPEP en representación de Venezuela, tuvo la acertada visión de asociar el petróleo con la inmundicia, cuando acuñó la frase “el excremento del diablo” a través de uno de sus libros publicado en 1976.

De la bendición a la maldición ha sido un ciclo que para la gran mayoría de los nativos ha pasado desapercibido, no obstante los acontecimientos que se han visto en el camino y las repetidas advertencias de que “por allí viene el diablo”, pero las alertas no tuvieron el efecto deseado y llegamos desprevenidos a la segunda década del presente siglo, en la cual se ha demostrado, una vez más, que el petróleo sigue siendo una maldición para los venezolanos.

La visión satánica que se ha desarrollado en el país respecto a la industrialización y comercialización del petróleo, si bien ha sido justificada por los errores y tropelías que se han cometido en el manejo del negocio en el transcurso de varias décadas, es también una percepción sesgada en tanto que asigna la culpa de todo lo malo al petróleo como producto en sí, y en descargo de las responsabilidades comprometidas de quienes han incurrido en los desaciertos. Concretamente, la culpa no es imputable de manera directa al petróleo, porque los errores y tropelías han sido consecuencia de la acción gerencial y no del producto como tal.

La actividad gerencial es imperfecta en cualquier tipo de negocio y aun en los casos de alta meritocracia. Errar es humano; lo malo está en persistir en los errores sin aplicar los correctivos necesarios y de manera oportuna, más aún cuando se trata de asuntos trascendentales y de intereses antagónicos. Eso es lo que está ocurriendo en Venezuela respecto al bono PDVSA 2020. Veamos:

Un bono de deuda pública es un préstamo que hace un inversionista a un gobierno por un monto determinado para ser devuelto en un tiempo también determinado y con unos intereses de beneficio para el inversionista. 

Debido a la caída de la producción de crudo y la necesidad de financiar las importaciones de productos básicos; adicional a la reducción de su PIB en más de la mitad durante los últimos siete años y al no tener capacidad para nuevos endeudamientos ni para pagar las deudas contraídas en el pasado, que para septiembre de 2020 sobrepasaban el monto de 175.000 millones de dólares, equivalente a 178% del PIB nacional; el Gobierno de Nicolás Maduro se vio en la obligación de refinanciar el bono Pdvsa 2017, por lo que a finales de 2016 la estatal petrolera invitó a sus tenedores a canjear ese bono por uno nuevo denominado Pdvsa 2020, cuyo monto asciende a 3.367 millones de dólares con un cupón a 8,5%. 

Desde finales del 2017 Venezuela está en situación de impago de sus obligaciones de deuda (default) y con montos vencidos cada vez mayores.

La emisión del 2020 fue posible porque el gobierno dio como garantía de préstamo más de la mitad de las acciones de Citgo Holding Inc, lo cual es un atractivo demasiado confiable para los bonistas.

Citgo es una filial de Pdvsa en Estados Unidos y representa el mayor activo de Venezuela en el exterior; posee tres refinerías de petróleo y casi cinco mil estaciones de gasolina en EEUU, tiene una capacidad de refinación de 745.000 b/d, 3.500 empleados que operan 48 terminales y 9 oleoductos.

La garantía de Citgo incentiva con demasiada fuerza el ímpetu de los prestamistas y más que la deuda en sí esa fianza es la manzana de la discordia en un contexto lleno de incertidumbre.

Seguiremos con el tema en la próxima entrega.

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