Después de más de diez meses de propagación de la covid-19 con saldo de más de 52 millones de contagiados y 1.2 millones de fallecidos a nivel mundial hasta mediados de noviembre 20, ahora hay motivos para respirar profundo y abrazar aún más el optimismo por el exterminio del flagelo: las vacunas en ensayo están a pocas semanas de su aplicación, ante el logro de una comprobación satisfactoria que sobrepasa el 90% de eficacia.

Esto es impresionante o simplemente impactante, dicen algunos científicos.

La vacuna estadounidense PfizerBioNTech y la rusa Sputnik V son las primeras en haber logrado tan halagadores resultados. Las agencias internacionales reportaron que la última prueba de la Pfizer demostró que de un total de 21.750 aplicaciones en personas voluntarias solo 94 no lograron inmunización efectiva; mientras que en el caso de la Sputnik V el resultado fue de 20 entre 16.000 aplicaciones, según agencias internacionales. Los expertos estiman que los no inmunizados debían estar entre 150 y 160, mientras que el límite de eficacia se ubica a partir de 50%. Una vez más, la ciencia vuelve a reponer la salud y proteger la vida humana.

Haber logrado la vacuna en menos de un año es per se un gran éxito

Dos razones muy poderosas impulsaron ese desarrollo: por un lado, la necesidad propiamente de la vacuna y por el otro, el extraordinario negocio que eso representa para las farmacéuticas transnacionales, no solamente en términos de inversión y beneficios económicos, sino en prestigio de marca universal.

Ese contexto es muy propicio para el surgimiento de un nuevo monopolio en materia de salud pública, dado que la venta y distribución de la vacuna podría quedar finalmente bajo el dominio de unas pocas empresas.

Se estima que hay entre 50 y 60 laboratorios en el mundo dedicados a la investigación de la vacuna, pero serán menos de diez los que finalmente capitalizarán el suministro. 

Pero no todo puede ser imputado al sector empresarial

Esto, puesto que muchas de las iniciativas han tenido el apoyo financiero de los países más desarrollados a nivel mundial. Así por ejemplo, el gobierno de Estados Unidos anunció en el pasado abril el programa Warp Speed, que dedica 10.000 millones de dólares para financiar la investigación y producción de vacunas anticoronavirus a través de asociaciones público-privadas, lo cual permitió que  las multinacionales Pfizer, Sanofi GSK y AstraZeneca recibieran subsidios entre 1.200 y 2.000 millones de dólares cada una.

Aun sin haber entrado en la Fase III de prueba, AstraZeneca ya había firmado acuerdos para una venta global a varios gobiernos de 3.000 millones de dosis. 

Disputa solapada

Sin duda, hay una disputa solapada por las cuotas de participación en el mercado de la vacuna y la tendencia hacia el monopolio es innegable.

En contrapeso a la tendencia, ha surgido la crítica según la cual la preferencia hubiese sido la inclusión de las universidades y laboratorios públicos en el desarrollo de la vacuna para evitar la concentración de la responsabilidad y los beneficios que se deriven solo en las empresas privadas.

La otra crítica es que los países de bajos ingresos estarán en desventaja para la compra y aplicación de la vacuna, por lo que  tendrán que depender de la beneficencia de los países con altos ingresos.

El reto financiero es faraónico; la OMS ha calculado que se requerirán 18.000 millones de dólares en los próximos 16 meses para la producción de las 2.000 millones de dosis requeridas para cumplir esa meta. 

Con base a las críticas, la OMS junto con otras organizaciones sin fines de lucro han creado la COVAX como mecanismo humanitario para facilitar la inmunización contra el virus en países y poblaciones de escasos recursos.

La OMS anunció recientemente que 172 países, con 70 por ciento de la población mundial, se han unido o mostrado interés en la coalición Covax,  para lograr el desarrollo y la distribución equitativa de la vacuna.

El objetivo es entregar al menos 2.000 millones de dosis de vacunas seguras y efectivas para finales de 2021, lo que cubriría a uno de cada cuatro de los 7.800 millones de habitantes del planeta.

“El nacionalismo de las vacunas solo ayuda al virus”, ha dicho el director general de la OMS, mientras que algunos analistas están de acuerdo en que el problema no es el exceso de ganancias, sino la escasez de ganancias en millones de pequeñas y grandes empresas, que debido a la crisis están despidiendo personas y reduciendo la inversión.

La cooperación y la inclusión de agentes tanto privados como públicos será la vía más rápida y efectiva para   obtener los medicamentos  que requieren las personas, porque una vez superado el problema de la producción, quedan las dificultades para la distribución de la vacuna. Esa logística plantea otro reto de gran alcance. Pensar que el medicamento debe trasladarse siempre mediante “cadena en frío” da una idea de la complejidad de la operación.

AstraZeneca ha sugerido que su vacuna necesitaría una cadena de frío regular de entre 2° C y 8° C., desde el lugar de producción hasta el destino final. Como remate, la OMS propone que ningún país reciba vacuna por encima del 20% hasta que los demás países no hayan cumplido esa meta. Si esa es la equidad, cabe la pregunta: ¿habrá vacuna para todos?

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