La democracia en Venezuela ha perdido fortaleza; no solo por la actuación de un gobierno que la atropella y la margina, sino también por una oposición con cada vez más escasa sustentación social y menos representatividad.

Hay polarización entre el sector gubernamental y las organizaciones opositoras y hay también rivalidad entre los partidos políticos contrarios al gobierno.

El país está muy dividido políticamente y hasta ahora no hay indicios de una mejora en la situación.

Uno de los polos de la oposición tiene más de 37 agrupaciones partidistas y en conjunto se aproxima a tan solo el 30% del Registro Electoral nacional.

Sociedad civil

Al margen de la confrontación está la sociedad civil, inerte y altamente desconectada de la dirigencia política, pero con un potencial natural y disponible para asumir responsabilidades de refuerzo al sistema democrático y a los partidos políticos en particular.

En la formulación de propuestas para el cambio, la sociedad civil es invitada de piedra y casi siempre ni es invitada; es marginal.

Las estrategias para el cambio están reservadas para las élites partidistas, asumiendo una función que le ha sido delegada por la ciudadanía, sin que haya ningún tipo de evaluación y control en su cumplimiento.

El vínculo entre la élite y la base está bastante disminuido, menoscabándose así la esencia de la democracia.

La desvinculación es indeseable y crea un obstáculo de gran influencia para el logro de los objetivos supremos, porque mientras se mantengan la desconexión, la atomización en el sector opositor al gobierno será cada vez mayor y por consiguiente las posibilidades de cambio de rumbo gubernamental se hacen más lejanas.

Ya es tiempo para que la sociedad civil asuma con mayor propiedad su  insoslayable responsabilidad en la creación de propuestas para salir de la crisis y asumir también la convicción de que la salida depende más de los intereses nacionales que de las relaciones de solidaridad y apoyo de países vecinos y amigos. Los cheques en blanco ya casi no se usan.

Los acontecimientos nacionales se aceleran y marcan cada vez más el final de las diferencias supuestamente insuperables en los partidos políticos. La pérdida progresiva de la institucionalidad parece que está llegando a su final y entonces hay que recomponerla. Según los expertos, en Venezuela no hay estado de derecho ni una constitución nacional que sea cumplida a cabalidad, y esas dos carencias valen por todo.

La concertación

El momento actual impone la necesidad de la reflexión y los correctivos necesarios por parte de los partidos políticos; pero también hace falta que los sectores no conflictivos exhorten e induzcan la concertación de los actores en confrontación.

Lograr un cambio de rumbo para el país no es fácil y exige tiempo prolongado. La concertación nacional es una necesidad  imperativa e impostergable; a la vez es una condición primaria en la búsqueda de una solución para la crisis multifacética que día a día se aproxima a niveles insoportables.

El propósito de crear un procedimiento de confluencia nacional es común para muchos sectores de carácter no conflictivo.

Los gremios de empresarios, las universidades, las academias nacionales, las federaciones de trabajadores, muchas ONGs, la iglesia católica y la opinión pública en general, constituyen el elemento catalizador que hace falta para superar el estado de confrontación y atomización política que tenemos en Venezuela.

Esa es la vía más expedita para recuperar a la disminuida democracia.

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