¿Cuántas veces el presidente de Fedecámaras, Ricardo Cusanno, ha pedido que se deje de satanizar al diálogo? Las peticiones son muchas y muy pocas las respuestas positivas. Se trata de una misión prácticamente imposible, mientras haya dudas razonables respecto al diálogo, después de más de una década de intentos y fracasos, amén de las trampas utilizadas en su desarrollo. 

Asociar el diálogo con la figura de satanás no es cuestión de vocación placentera, no; la estigmatización se corresponde en el caso venezolano con la actuación de los interlocutores, especialmente la de los representantes del oficialismo. Parodiando al viejo refrán español, es de agregar que el diablo no está en el diálogo propiamente; el diablo está en los detalles.

Todo diálogo comienza con la identificación de los interlocutores potenciales y sus respectivas confirmaciones; después vienen las precisiones sobre objetivos, agenda y la estrategia a utilizar para la implantación de los convenios y compromisos.

Se trata de un proceso lento y de continuidad en el tiempo, cuya fluidez se corresponde con la importancia y urgencia de la situación planteada. En el caso venezolano bien se sabe que la complejidad y el agravamiento exigen mucha fluidez en el proceso de diálogo para que la crisis no se agudice más allá de lo que está.

El norte del diálogo

Esta vez la interlocución se está orientando hacia una mayor inclusión social con la incorporación de sectores de la comunidad civil. Aún no se sabe públicamente cuáles serán esos sectores que participarán en el nuevo diálogo; además de la representación de los empresarios, las universidades y los trabajadores. Es de observar que la CTV negó su participación en la reunión de la Comisión oficialista de Diálogo con el sector laboral, mediante declaración publicada ayer.

Entretanto, es de pensar que habrá una agenda con temas básicos, sectoriales y regionales. Dos planteamientos han sido referidos como prioritarios: la aplicación de la vacuna contra la Covid-19 y una ley de amnistía; pero al parecer la conformación de una agenda es un acuerdo pendiente de aceptación por las partes dialogantes.

Tampoco están claros el por qué y para qué  se va a un nuevo proceso de diálogo. Para el gobierno, el propósito es buscar la  paz y la reconciliación nacional, además de “las victorias tempranas” a las cuales aludió Jorge Rodríguez al final del encuentro en Fedecámaras. Ambos son conceptos relacionados y no excluyentes, pero un tanto generales y abstractos. 

Los detalles engorrosos están en la precisión de los objetivos generales del diálogo, los temas inclusivos y la estrategia para los cambios. El consenso en esos tres aspectos  marcará la ruta del éxito.

Los pronósticos respecto al diálogo en nuevo formato son de carácter antagónico; hay quienes lo aprueban y otros que no; ambas posiciones son respetables, pero el solo intento de buscar soluciones acertadas debe ser un esfuerzo reconocido por todos, aun cuando hay quienes creen que esta es una “patraña” del gobierno en busca de apoyo social y legitimidad. 

En esa línea, dicen que el gobierno de Maduro no necesita de diálogo ni consenso social para introducir cambios en lo político y lo económico; lo hace según su propio arbitrio, tal como  ha ocurrido en los últimos 20 años. Para decretar amnistía, mejorar los servicios públicos o derogar leyes nocivas no hace falta el diálogo, dicen por añadidura. En “detalles” como ése, se esconde satanás.

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